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29 mayo 2006

Al rescate de Ferrer Lerín


Como dice Túa Blesa, durante años el nombre de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) ha estado asociado a todo tipo de leyendas –la más repetida y básica: «¿pero de verdad existe Ferrer Lerín?»– y a ser lectura de culto para unos pocos, además de trasunto de El Buitre en Diario de un hombre humillado de Félix de Azúa y personaje de un capítulo en Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas.

Sin embargo, en un intervalo de pocos meses han aparecido dos obras del «irregular» (en expresión de Fernando Savater) Ferrer Lerín. De este poeta novísimo aparentemente desaparecido de la circulación nos llegan una novela, Níquel (Mira editores, Zaragoza, 2005), y la recopilación de su obra poética, Ciudad propia: poesía autorizada (Artemisa. Santa Cruz de Tenerife, 2006), en el que se recogen sus tres libros anteriormente publicados: De las condiciones humanas, 1964; La hora oval, 1971; y Cónsul, 1987.

Por su página personal [http://www.ferrerlerin.com] sabemos que Francisco Ferrer Lerín nació en Barcelona el 1 de enero de 1942 sobre la lisa superficie de una mesa de cocina, en un piso de la calle Provenza esquina Diagonal. Su infancia, no obstante, discurre primero en la casa de la Gran Vía propiedad de sus abuelos y más tarde, mediados los sesenta, en una enorme vivienda de la calle Aribau –a la altura de Travesera de Gracia– en donde su padre, de profesión cirujano dentista, tenía instalado un consultorio privado y cuyo pasillo, entre otras virtudes, había de servir años más tarde para que sus dos hijos –los de Lerín– aprendieran a montar en bicicleta.

Ferrer Lerín recibió sus primeras educaciones en los jesuitas de Sarriá en cuya revista “San Ignacio” solía aparecer laureado al lado de Eugenio Trías, y de donde fue ceremoniosamente despedido por su escasa propensión a las técnicas piadosas. Su formación fue proseguida en los Escolapios y en el Colegio Nelly de la calle Párroco Ubach. A los diecisiete años comenzó sus estudios de medicina, que simultanearía con otras aficiones, entre ellas la poesía, actividad que queda registrada en los siguientes títulos inéditos: “De las situaciones estáticas y evolutivas (1959)”, “Ababojoa (1959)”, “Y esa es la morada del viajero (1960)”, “Silente apariencia, dúctil devaneo (1961)”, “Homenaje a Perse (1961)”, “Ciclo calvinista (1963-1964)”, “Brillante resplandor de mi lámpara de arcilla (1962-1965)”, “También me comprarás una corona (1966)” y “1968-1970”. En 1964 publicó su primer libro: “De las condiciones humanas”.

“La hora oval”, finalista del Primer Premio Maldoror de poesía –convocado por Carlos Barral y cuyo jurado presidió Octavio Paz desde París a través de una conferencia telefónica– es una antología de sus textos inéditos, editada en la colección Ocnos en 1971. Dieciséis años más tarde, en 1987, aparece “Cónsul”, nueva colección de cuentos y poemas. Estos libros son prologados por Pedro y Pere Gimferrer respectivamente. Lerín, además, ha traducido los siguientes títulos: “L'homme aproximatif” de Tristan Tzara, “Ossi di sepia” de Eugenio Montale, “L'annonce faite à Maria” de Paul Claudel, “Trois contes” de Flaubert y “Le hasard et la nécessité” de Jacques Monod.

En 1967 Ferrer Lerín se desplaza a Jaca para ejercer como ornitólogo en el Centro Pirenaico de Biología Experimental del CSIC y persuadir a las autoridades municipales de la necesidad de recuperar los muladares –esto es, comederos de aves carroñeras– y contribuir, de este modo, al fortalecimiento de la población peninsular de buitre leonado, por entonces en peligro de extinción.

En 1970, después de regresar a Barcelona, abandona sus estudios de medicina y biología para matricularse en la Facultad de Filología. Participa en el singular consejo de redacción de Barral Editores y en la editorial Salvat, en donde fue retribuido durante un año y medio como redactor y compartió tedio con Alberto González Troyano. Su nombre se vincula en aquellos años a la leyenda del póquer y al trasiego clandestino de carroña, labores en las que comparte mesa, por un lado, con sus compañeros de fe poética Leopoldo María Panero y Félix de Azúa y, por otro, con el naturalista catalán Salvador Filella.

«¿Qué es Níquel? –se pregunta Fernando Savater (Babelia, 24/9/2005)– ¿Un relato iniciático, una parodia inteligente de diversos géneros narrativos, un apunte autobiográfico travestido a ratos por los espejos deformantes patentados por Valle-Inclán? En cualquier caso, un relato mucho más fácil -y grato- de leer que accesible a la categorización según lo usual. [...] El maestro Kipling ha dejado dicho que el secreto del buen narrador es contar su historia como si no la entendiera del todo. Ferrer Lerín va un poco más allá y la cuenta como si entenderla del todo no fuera a fin de cuentas lo más importante, ni para él ni para el lector. Su estilo, compacto y despojado de los abalorios recalentados que suelen "adornar" la prosa de otros novelistas patrios, mantiene siempre el enigma prometedor de la eficacia.»

Afirma Túa Blesa de su poesía completa (El Cultural, 29/5/2006) que «se trata de un libro de no poca relevancia. Lo es, por una parte, por su significación histórica y al respecto hay que repetir lo dicho por Pere Gimferrer, quien dio a este poeta el título de nada menos que “pionero y fundador” “del ala extrema de la poesía novísima”, lo que obliga, al menos ahora que están disponibles estos textos, a reescribir ese capítulo de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado. Pero, sobre todo, está la lectura, una verdadera experiencia de lectura, de esta obra destacadísima, original, novísima sin saber que lo era y que, incluso en sus poemas más antiguos, está llena de novedad. [...] Toda la escritura de Ferrer Lerín se funda, aparte de en lecturas de lo más diverso que van de los clásicos a las vanguardias, en un ejercicio de imaginación plena, obra trazada al margen de lo que hayan sido las modas a lo largo de las más de cuatro décadas que recorre, y en una variedad de registros y formas tal que hay que hablar de una auténtica reinvención de la literatura, y de ahí su radical actualidad».

En una entrevista concedida hace unos años, en 2002
, Ferrer Lerín dice de Borges: «Lo descubrí gracias a Pedro Gimferrer y compré, en una librería ya desaparecida de la Diagonal de Barcelona, toda su obra. Ha sido para mí el gran conductor. Dejando aparte su poesía, que no me interesa, su obra es mi alimento espiritual durante los sesenta. Claro, siempre uno disfruta con lo que se aproxima –y mejora– sus propias inclinaciones. Por ejemplo la pasión por las citas, esa manera de demostrar lo mucho que uno conoce, de epatar a los pobres imbéciles... más adelante ya no interesará el autor más culto, sino el autor más raro, y luego el falso autor».

Y sobre su adscripción al grupo poético de los Novísimos: «Los novísimos parece que se ha acuñado como etiqueta de una generación que, por razones más cronológicas y geoestratégicas que socioliterarias, se ha considerado como la mía. Por un lado habría que decir, una vez más, que no fui incluido en Nueve novísimos –pobre juego de palabras, por cierto, y que además no es siquiera original– lo que me libera de una pertenencia en sentido estricto. El sustrato de la maniobra sí tenía carácter político (mejor de partido) cuya paradoja fundamental residía en la militancia aguerrida del pope y la indiferencia –o apoliticidad, y ya sabemos qué sea eso– de los ocho (había un prosélito). Hablar ahora de la vanguardia como reacción (¿ante qué?, ¿ante la molicie burguesa?, ¿ante las consignas del sóviet?) es puro disparate. Era (éramos los poetas que traté: Azúa, Gimferrer y Panero) jóvenes rupturistas en el exclusivo ámbito de la literatura y de las artes plásticas, y demonizadores, por lo tanto, de lo que se llamaba poesía social –Celaya– y, en general, de la generaciones reinantes, que con calzador se metían en la historia de la literatura y que tenían en la exhaltación del hombre y de su entorno la razón de su existencia».
Entrevista a Ferrer Lerín: